En el Gigante de Alberdi, Belgrano jugó como fortaleza de frontera: sobrio, atento, sosteniendo la línea como si defendiera un paso estrecho hacia Córdoba. Banfield rondó, buscó grietas, pero el partido se cerraba con el ruido seco de los duelos y la sensación de que el gol sería una reliquia única, no un banquete.
La reliquia llegó al 54’: Lucas Zelarayán sacó un derechazo desde afuera del área al rincón, con asistencia de Emiliano Rigoni—un golpe limpio, de esos que cambian el mapa.
Después, fue administración de ventaja como si se custodiara un anillo: amarillas, faltas, y el tiempo cayendo pesado hasta el pitazo final. Incluso la celebración tuvo costo: Zelarayán vio amarilla por festejo.